El Morenero
Tantas historias que nunca serán contadas. Una vida tan azarosa sólo puede dar como resultado cientos de vivencias: si ahora curiosas, ocurrentes, ricas, seguro que no lo fueron tanto cúa do el que las pasó, las pasó.
Como la historia de los dos niños, en la terrible (y más para los hijos de los perdedores) España de los 40; malviven pastoreando en fincas de terratenientes que ni saben que las tienen. Colocando lazos para conejos, arriesgándose a una buena paliza por ello. Comiendo cardillos, espárragos, o todo lo que se pueda encontrar en los campos, y en resumen sobreviviendo sin amparo, ni calor, ni más familia que ellos mismos.
Llega el calor, y hay que esquilar el ganado. Llegan las cuadrillas de esquiladores, en la finca se habilitan dos barracones: uno para alojar, en camastros de madera y delgados colchones de lana, a los jornaleros, que trabajan a destajo, de finca en finca, de pueblo en pueblo. El otro barracón, más grande, verá los trabajos del afeitado de las ovejas. Por un carril entrarán con toda su lana, y por el otro lado saldrán sin su pelaje, beneficio mutuo por una vez para hombres y animales, siendo lo normal que aquellos abusen siempre de estos.
Hasta han pensado los bondadosos amos en el posible daño que puedan sufrir sus animales. Y ahí entran en juego los moreneros.
Se levantan los primeros, no ha amanecido, hay que hacer lumbre. Los niños encienden el fuego, lo alimentan y esperan pacientes a que quede en ascuas. Llena cada uno su cubillo de madera con las cenizas reducidas y esperan a que lleguen los peladores.
Se reparten las faenas: los pastores van trayendo el ganado, el capataz distribuye los animales a los esquiladores, y estos, alineados uno junto al otro, tijera en mano, van dando cuenta de la lana. Con cuidado de no rajar al animal, pero también sin muchos miramientos, van sacándoles la lana, que otros operarios van recogiendo y echando en grandes fardos que luego portarán a la fabrica, en la capital.
El trabajo es pesado, todo es manual, las tijeras eléctricas no existen por aquí. Conforme avanza el día, los cortes a los animales son más frecuentes, y el trabajo de los moreneros, colocado cada uno en un lado de la hilera de esquiladores, se multiplica. Porque su labor no es otra que atender a las voces de los de la tijera: "¡¡¡MORENOOO!!!" y el niño que está mas cerca, corre cual recogepelotas en un partido de tenis (como si ellos pudieran imaginar siquiera qué es eso), se llega con su cubo hasta el voceador y extiende cenizas en el corte que la tijera, o quien la maneja, ha hecho en el resignado borrego.
Carrera aquí, carrera allá. Que no falten cenizas, que ningún corte se quede sin su ración de cicatrizante (y en realidad es bueno).
Y así pasan el día los muchachillos, y la paga se la llevan puesta, porque no es otra que la comida que reciben: las gachas de la mañana y al mediodia la caldereta del cordero que se mató para dar sustento a las cuadrillas.
Y te damos las gracias señor, por el alimento recibido.
No hay nada más por qué darlas.
No hay nada más por qué darlas.

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